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El amor en los tiempos de caos.                           Por David Tenorio.

University of California, Davis

En su defensa a favor de la utopía, Yohanka León del Río, sostiene que, para el teólogo Franz Hinkelammert, una crítica al pensamiento utópico “no puede ser antiutópica” (206). Más allá de incurrir en las tautologías, la académica cubana apuesta por una “esperanza viva” (ibíd.) que permita la articulación de subjetividades políticas en el plano de lo social con respecto al futuro. Aunque su argumento despierta una serie de posibilidades para la acción pública, vale la pena preguntarse, ¿qué es lo que supone pensar en lo utópico en el momento en que nos perfilamos hacia la segunda década del siglo XXI? Partiendo de que el XX fue el siglo de las revoluciones y del pensamiento utópico, planteo esta pregunta a manera de esbozo que traza más ampliamente toda una aproximación epistemológica que incide en la seducción con la historia y, en este caso, en una seducción con el ayer.

Más que incidir en un revisionismo histórico o en una exhumación analítica del pasado, considero lo aquí expuesto como una estrategia que, desde las emociones, los deseos y la corporalidad, profundice, indague y complejice lo que implica que el tiempo deje su ineludible huella tras su paso. Dicho de otro modo, me propongo reflexionar sobre las otras formas de sentir la historia, de ser conscientes de esa huella del tiempo en nuestro tejido afectivo, en nuestra memoria corporal y en las cartografías de nuestro deseo. En específico, busco indagar sobre las maneras de historizar el caos desde lo afectivo y corporal dentro de la llamada disidencia sexual. Y me centro en lo que se ha dado a conocer como “disidencia sexual”, u otredad sexual, puesto que, en esta colectividad, como en muchas otras que no reflejan las valencias hegemónicas de determinada sociedad, la idea de utopía se ha estructurado en sincronía con el orden cronológico del tiempo. Las modalidades en que se piensa el tiempo son, asimismo, constructos sociales que reflejan la ideología dominante de determinada época. Por ejemplo, en el contexto del capitalismo tardío, el individuo habita el tiempo de manera acumulativa en base a la propiedad, la labor y la familia. El “hombre” que perdura deja tras su muerte una herencia, una descendencia; es decir, que su legado se construye en función de los ciclos de producción y reproducción (i.e. trabajar, casarse, formar una unidad familiar, consumir, etc.), mismos que no escapan de las intersecciones entre raza, género, clase social, etc.

La noción de temporalidad se ensambla así a través de las prácticas afectivas que sitúan a determinados individuos en el ápice de la pirámide social. No es coincidente, entonces, que cuando se habla de historia, se condense al sujeto encargado de su acción y transcripción en la palabra “hombre”. Así, el hombre es quien escribe la historia y, por medio de su escritura, también inscribe una manera patriarcal de sentir el devenir histórico. Denomino heterocronía al proceso por medio del cual se sincronizan la cultura de la heterosexualidad y un modelo social de habitar el tiempo, de esta manera se forja una teleología del progreso. Los movimientos revolucionarios del siglo XX no concibieron el sentir del tiempo fuera de esta noción de heterocronía. El caso cubano presenta una variedad de ejemplos que nos ayudarían a situar las manifestaciones sociopolíticas de una utopía arraigada en la teleología del progreso, es decir, en la idea de que el futuro se encuentra en un más allá y que para llegar a él basta seguir una trayectoria lineal, ordenada y escalonada. El compendio de instrucciones en torno al “hombre nuevo” fueron acciones sistematizadas que integraron no solo el nuevo código de valores soviéticos, sino que incidieron en un modelo de transformación social basado en la masculinidad hegemónica, la lucha armada y la institucionalización del patriarcado. De cierta manera, la pulsión por el futuro se masculiniza al volverse inaccesible a aquellas personas que no se alinean con el modelo revolucionario de temporalidad. Aquí, no me interesa detenerme en una valoración de la Revolución Cuba como proyecto social, labor que han llevado a cabo desde la década de los ochenta una centena de intelectuales cubanos dentro como fuera de la Isla; me intereso, por el contrario, en situar una temporalidad del caos como modalidad de sentir el paso del tiempo desde la corporalidad del disidente sexual.

Si la heterocronía marca un ritmo de vida asociada a la regimentación de la intimidad de acuerdo con la lógica de la heterosexualidad, las prácticas intimas y su representación relativas a los colectivos que engloban la disidencia sexual apuntan a una serie de temporalidades que abandonan las lógicas del desarrollo, el progreso, la re-producción y el avance teleológico como maneras de habitar el tiempo. El disidente sexual vacía los contenidos de la historia no porque no sean relevantes sino porque la experiencia heterogénea de la sexualidad queda relegada al margen; así, disloco los anales de la historia, es decir, de la narración ordenada cronológicamente de lo sucedido, con una contra-lectura de lo anal no solo como referente al ano y a su funcionalidad orgánica sino también como sitio que denota un placer diferente al de la lógica heterosexual re-productiva. El ano como espacio simbólico de lo histórico remite a un contratiempo, a una temporalidad que, desde el caos, busca complejizar su curso a través de distintas modalidades afectivas situadas en la ausencia, la angustia, la muerte, la quietud, el silencio y el exceso, entre otras.

David Tenorio junto a Norges Espinosa y Alberto Abreu
David Tenorio junto a Norges Espinosa y Alberto Abreu intelectuales cubanos y activistas LGBTI

La novela El mundo alucinante del escritor Reinaldo Arenas se presenta como una reinterpretación histórica de la vida de Fray Servando Teresa de Mier apartir del exceso neobarroco. De esta manera, la complejidad del tiempo se condensa en la acumulación de perspectivas que tratan de describir lo que se percibe como realidad. Más que indagar en el dato histórico, Arenas busca entender lo fugaz, lo inasible.“En ese tiempo incesante y diverso, el hombre es su metáfora. Porque el hombre es, en fin, la metáfora de la Historia, su víctima, aun cuando, aparentemente, intente modificarla, y según algunos, lo haga”, y el escritor añade a manera de burla, “Como si al tiempo le interesase para algo tales signos, como si el tiempo conociese de cronologías, de progresos, como si el tiempo pudiese avanzar”. (87) Esa misma concepción de la metáfora como fuerza de temporalidad se puede hallar en la visión poética del mundo de José Lezama Lima, quien sostiene, en Imagen y posibilidad, que “La imagen es la causa secreta de la historia. El hombre es siempre un prodigio, de ahí que la imagen lo penetre y lo impulse”. (19)El estudio de la complejidad formal, estética y estilística que caracteriza a cada autor rebasa los límites de esta discusión, pero me gustaría resaltar que cada uno de ellos presenta, de manera particular y, a veces, contradictoria, una visión muy personal del tiempo desde la literatura; no obstante, esta representación estética esboza una sensibilidad a partir de la cual se pueden imaginar otras maneras de habitarlo. En el caso de Arenas, el exceso y la hipérbole saturan la linealidad del hecho histórico; en Lezama, la obsesión por trazar una genealogía se vuelve la pulsión más significativa, sobre todo, al desplegar la fuerza de la metáfora en sus “eras imaginarias”. Asimismo, la tradición órfica en Lezama puede leerse como un gesto a esa genealogía del rechazo homosexual a la que apela Herbert Marcuse en Eros y civilización. Interpreto lo órfico en Lezama tanto como una obsesión con la cultura grecolatina como una aproximación estética y política a la genealogía del rechazo. De cierta manera, busco reivindicar la homosexualidad escondida del escritor no para situarlo en un optimismo proveniente del triunfalismo LGBTQ+ sino para argumentar que, desde su complejidad formal, podemos situar una reconstitución del tiempo, una crítica a la teleología revolucionaria, una propuesta íntima de asumir la diferencia, en su caso sexual, dentro de un contexto particular de la Cuba de la segunda mitad del siglo XX.

Arenas y Lezama habitaron de distintas maneras la disidencia que suponía el alejarse de la visión revolucionaria de la historia, de un modelo teleológico del tiempo al imaginar una sensibilidad temporal no totalizadora a través del acto íntimo de la escritura. Entonces, ¿cuáles serían esas otras maneras de sentir el paso del tiempo desde un ethos de la intimidad?, ¿cuáles son las alternativas a la heterocronía? Dicho de otro modo, aquí me pregunto por las maneras de habitar el caos desde lo cultural fuera de una visión totalizadora que sincronice los cuerpos, los deseos, las pulsiones en el ámbito social. Me viene a la mente el trabajo de tres artistas de la plástica en Cuba hoy: Alexis Álvarez, Eduardo Hernández Santos y Rocío García de la Nuez. De manera tímida, el espacio pictórico que traza cada uno de ellos, dialoga con una noción que combina la temporalidad, la intimidad y la sexualidad. En esta ocasión, me centro únicamente en Álvarezq uien, desde un trabajo difícil de categorizar quebien podría ser llamado queer, despliega un abanico de posibilidades en torno al exceso como modalidad del caos que cuestiona el devenir histórico. En particular, su producción de 1999 que reúne un total de 14 collages, cuya técnica juega con una variedad de materiales mixtos sobre madera. En “El jardín de las delicias”, nos encontramos frente a una alusión directa a los frescos de Jerónimo El Bosco. Y aunque comparten la temática de la corporalidad, en Álvarez la sobreabundancia de penes recortados, que provienen de revistas o fotografías, nos remite no sólo a un cuerpo más visual sino también a lo fálico como ente generador de vida según la lógica de la heterosexualidad. El artista logra auto-representarse al inserta su propia cara en el collage y haciéndola cabecera de un cuerpo abyecto, femenino y obeso que ocupa el plano central de la composición. En ambos lados, aparecen dos cuerpos invertidos que reproducen el efecto de una caída. En la parte inferior de la composición, un mar de penes erectos acompañados de dos imágenes de sexo entre hombres, en cada esquina inferior, reacomodan las estructuras de lo temporal en función al placer. El tiempo, a partir del análisis de esta composición, se siente a través del contacto con otros cuerpos, se sincroniza en torno a lo corporal y se goza.

Volviendo a mi alusión entre el valor simbólico del pene dentro de la cultural heterosexual, valor que se asocia con la masculinidad viril hegemónica y su capacidad de reproducción, la alusión al goce excesivo del collage de Álvarez pone en entredicho el reproductivo del falo. Si bien el acto de la reproducción es asequible con la fecundación del óvulo, el despilfarre del semen bien puede ser leído como un exceso, como un desgaste y un rechazo al tiempo de la reproducción biológica, social e histórica. La cama de penes en la composición del artista cubano nos hace reflexionar sobre la política de lo corporal desde su propia carnalidad. En este sentido, ¿cuáles son las maneras carnales de habitar el tiempo? ¿cómo se organizan nuestros tiempos en torno a la intimidad de otros cuerpos? Si bien, como lo nota León del Río, para reanimar el sentido de la utopía se necesita partir de la esperanza y de la posibilidad de otros mundos, lo que dejo aquí como punto de reflexión es que, desde esas historias personales de la otredad, lo utópico no pierde su sentido, sino que incorpora un aspecto fundamental en la restructuración de lo temporal y en el reconocimiento de que la Historia puede replantarse y desmantelarse desde la carnalidad. Así, la utopía y la disidencia sexual no son extrañas entre sí puesto que, en cada seducir con el otro, se hallan maneras cotidianas de construir comunidad frente al caos.

Referencias

 

Arenas, Reinaldo. El mundo alucinante. Cátedra, 2011.

Marcuse, Herbert. Eros y civilización. Seix Barral, 1968.

León del Río, Yohanka. La paloma: utopia y liberación. Goethe Institut, 2014.

Lezama Lima, José. Imagen y posbilidad. Letras Cubanas, 1981.

 

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