Soy negro, ¿soy queer/cuir? Por Alberto Abreu Arcia

El texto sobre reflexiona sobre las problemáticas que se derivan de las actuales apropiaciones de lo queer/cuir en el contexto cubano y el lugar de los disidentes sexuales negro/as cubanos en estas teorías.

Por estos días he vuelto a releer la autobiografía del poeta esclavo Juan Francisco Manzano. Necesitaba acercarme al texto de Manzano para interrogarlo. Justo en estos tiempos cuando una zona del activismo y de los incipientes estudios sobre sexualidades contrahegemónicas en Cuba anda deslumbrados por lo teoría queer estadounidense o su versión hispanohablante: cuir. Y lo hace con la fascinación propia del acomplejado de la periferia, que asume conceptos y teorías nacidas de realidades, escenarios y problemáticas metropolitanas, sin tener en cuenta las riquísimas y complejas paradojas de nuestras especificidades locales y periféricas que muchas veces desdicen, interpelan o anticipan tales fenómenos.

Releía la autobiografía de Manzano y reflexionaba en cómo su autor, ya en el siglo XIX, cuestiona, subvierte y socava las nociones de continuidad, estabilidad e integralidad sobre las cuales descansa lo identitario, la identidad homosexual y los binarismo que la rigen. Y lo más importante, me preguntaba: ¿cuál es el lugar de los disidentes sexuales negr@s en eso que llaman lo cuir en Cuba? ¿Después de tantos silenciar e insivibilizar al cuerpo racializado negro y sus expresiones públicas del deseo otro habrán decidido tomarnos en cuenta? ¿Por qué razones? ¿Sobre qué presupuestos hablaran por nosotr@s?

Y es que según sus preceptos: lo queer o cuir rechaza la estabilidad del sujeto como una teoría arraigada en una concepción esencialista de la identidad. Por lo tanto, el cuerpo queer o cuir se ha comparado con el cuerpo de la mujer o el cuerpo racializado negro que se construyen a partir de la divergencia con la norma de la masculinidad heterosexual blanca. Es decir, que el cuerpo queer y su teoría, en su versión metropolitana, se inspiran o reconocen su deuda con los estudios relacionados con la identidad negra. Es bueno subrayar esto en un contexto intelectual y académico como el cubano con una larga historia de ningoneos y manipulaciones racistas.

Las afrofeministas cubanas pueden dar testimonios de las manipulaciones y trampas académicas que se derivan de estas de importaciones teóricas. Pregúntenles a ellas. Que vivieron como el boom del pensamiento y las teorías feministas, en su tránsito por la academia cubana a principio de los noventa del pasado siglo y comienzo del nuevo milenio, terminó silenciándolas, excluyéndolas.

Por otro lado, si la teoría queer en Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña está relacionada con un paradigma cultural y con una cultura política de negociación liberal que exige un tipo particular de organización y relación entre Estado y sociedad civil. Donde se cuenta con las ventajas económicas y los mecanismos institucionales propios de los países desarrollados. En Cuba la realidad es otra.

No perdamos de vista que en Cuba el término sociedad civil es apenas un concepto emergente de hace una o dos décadas. Basta con echarle un vistazo al inventario de angustias y frustraciones que pesa sobre el activismo posicionado en los espacios no oficiales o no institucionales. A los atropellos históricos que son consecuencias de las tensiones e incomprensiones entre sexualidad y revolución/ entre activistas del goce y el cuerpo revolucionario frente a la izquierda política y sus narrativas universalistas. Y que hasta finales de los noventa daban fe de la imposibilidad de una articulación entre las políticas de los colectivos homosexuales y la política de izquierda en Cuba.

A diferencia de Estados Unidos y de otros países de Europa e incluso de Latinoamérica, en el contexto académico cubano, los escasos estudios sobre disidencia sexual (sus imaginarios y prácticas simbólicas) siguen apegados a un esencialismo y constructivismo. Por lo cual, las categorías gay y lesbiana no han sido sometida con suficiente claridad, a un debate teórico, entre nosotr@s, que permita su revisión y articulación política emancipatoria dentro de un espacio propicio para la experimentación política y conceptual.

Desde luego, que este gesto de apropiación pasiva de las teorías queer, evidencia no solo nuestro complejo de inferioridad, sino también nuestra pobreza conceptual. Inhabilitados, por nuestra falta de imaginación teórica, para pensarnos a nosotr@s. Nos vemos en la necesidad de importar conceptos y teorías de forma acrítica. Es obvio, que el peligro no radica en el acto de importación, sino en la pereza mental y la frivolidad que impide dotarlo de un sentido propio. Y es que lo queer/cuir, comparado con lo que antes llamábamos lesbian/gay, suena intelectualmente tan fashión, tan wow, tan chit que no podemos quedarnos atrás. Y a fuerza de repetirse tantas veces, uno sin darse cuenta, llega a formar parte del coro vocinglero y vociferador y la conga que lo arrastra.

De esta forma, sin una discusión y reflexiones realmente serias, lejos de producir la tan anhelada libertad teórica o conceptual que aspiramos, vamos directo a un proceso de subaltenización y dependencia metropolitana mucho más graves de las que intentamos escapar. Es decir, salir de la hegemonía que históricamente nos ha invisibilizado y construido como identidades subalternas para caer en otra propio de un mercado teórico y académico que se desenvuelve en un escenario neoliberal y globalizante.

Pero Cuba es la Isla que se repite. Nuestra tautología no tiene límites. Es la dialéctica del amo y el esclavo. Aunque por nuestra identidad sexual -transgresiva de las normas de una masculinidad heterosexual y blanca y del nacionalismo heteronormativo- tengamos una configuración subalterna. Nuestro modelo de pensamiento sigue respondiendo a los patrones de una epistemología colonial y blanquista. Desde luego, que esto es hasta cierto punto comprensible si tenemos en cuenta que hemos sido formado por una academia, un imaginario cotidiano, social y político y por una escritura de la historia también coloniales y blanquistas.

A esta paradoja hay que sumarle otra no menos desconcertante: hablamos de un país y un hemisferio que desde sus orígenes los procesos culturales, históricos y políticos estuvieron marcados por el destiempo, la yuxtaposición de temporal, por el carnaval que todo lo disloca, relativiza y subvierte. ¿Cómo cabrán negro/as, que históricamente ha sido visto por esta percepción lineal y utópica del tiempo de Occidente y su colonialidad como lo bárbaro, lo iletrado, dentro de estas teorías queer o cuir cubanas?

En las páginas de El Cimarrón, Estebán Montejo evoca la vida solitaria de los barracones, donde escaseaban las mujeres y muchos hombres –afirma- tenían sexo entre ellos. “Esa era su vida: la sodomía. Lavaban la ropa y si tenían algún marido también le cocinaban. Eran buenos trabajadores y se ocupaban de sembrar conucos. Les daban los frutos a sus maridos para que los vendieran a los guajiros.”

El General Serafín Sánchez en su libro “Héroes  humildes y los poetas de la guerra”, escrito por encargo de Martí, cuenta la historia de Manuel Rodríguez, un negro mambí y afeminado al que todos llamaban La Brujita. Oigamos lo que nos dice su autor sobre Manuel Rodríguez alias La Brujita: “ sobre en la ciudad donde se crió y vivió, aún ignoran su mérito; si alguno lo recuerda todavía es para hablar seguramente de sus rarezas; pero allá en los montes, en los históricos campos de la Revolución, a los cuales el mayor número de cubanos no se atrevió a ir, allá, repito, los compañeros de armas de Manuel Rodríguez, sabemos que el petimetre de la ciudad y de la clásica bomba blanca se convirtió en un león desde el momento que aspiró al ambiente purificador de los campos de batalla” Y más adelante añade: “En Sancti Spíritus no conocieron más qué a La Brujita, el sastre, al artesano de color, al paria, al condenado de la colonia esclava; yo vi en la revolución al capitán, al libre, al bravo, al tigre, al héroe, al hombre. En las ciudades y pueblos menores de Cuba suele verse de los hombres solamente el ridículo tocado de afeminada usanza; pero en los campos unificadores y épicos de la libertad, su corazón se revela entero y brilla su alma superior y completa”.

Me detengo en estos ejemplos porque al igual que en el caso del texto autobiográfico de Manzano, la disidencia sexual negra, sus estados y expresiones del deseo sexual, su corporalidad, emociones,  desde los orígenes mismos de la nación cubana, marcan un espacio de ademanes deseantes y descentrados: una postura contrahegemónica y antisistémica frente a la colonialidad del poder. Ora como un gesto de resistencia, ora como un espacio de fuga o negociación ante la esclavitud.

Es precisamente, ese ademán contraidentitario y esa labilidad que han sido condición de nuestros cuerpos y de nuestra identidad, y que son consecuencias del dolor de la trata, de nuestra condición de población transplantada y la ignominia de la esclavitud, lo que ahora “la voluntad inclusiva” de lo queer, reclama para sí.

No puedo dejar de pensar en la suspicacia de Pedro Lemebel, siempre sospechoso de esa solidaridad dictada desde el imperio y que destaca las enormes diferencias materiales que hay entre Christopher Street y la “desnutrición de la loca tercermundista”, cuando habla de: “estas gringas militantes tan beatas y comerciantes con su historia política”.

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Pedro Lemebel

Las palabras de Lemebel me llevan a otra observación: este gesto de apropiación de lo queer/cuir, por parte de algunos activistas y personas LGBTI+ en Cuba no es tan ingenuo. Detrás de ello subyace una postura elitista, excluyente y un afán por desmarcarse de lo pájaro y su carroza. Recordemos que muchos aspectos la teoría queer anglófona parte de un modelo de gay: el mister gay y sus cuerpos “viriles”, forjados en los gimnasios que excluye a las sexualidades populares (locas, travesti). Por lo cual no hay que llamarse a llamen a engaños. Como nos recuerda el personaje de Manuel Puig en el Beso de la Mujer Araña, en Latinoamérica es precisamente la loca, quien verdaderamente marca la auténtica y verdadera izquierda en estas cuestiones de disidencia sexual.

David Tenorio en un texto iluminador titulado “El amor en los tiempos de caos”  publicado hace pocos días en este blog, nos hace una pregunta tan estremecedora como urgente: “¿qué es lo que supone pensar en lo utópico en el momento en que nos perfilamos hacia la segunda década del siglo XXI?”

Por eso, en estos días cuando muchos insisten en lo queer/cuir he vuelto  a releer el texto de Manzano, que es el único testimonio escrito en lengua española por un esclavo. La lectura que he hecho del mismo tiene que ver con la violencia sexual sobre el cuerpo del esclavo negro y mulato. El hablante se encuentra posicionado para su enunciación en una región donde se entrecruzan raza, identidad sexual, clase pero también de la colonialidad y sus imaginarios sobre la blancura y la esclavitud. Desde esta interseccionalidad imagina sus espacios de utopía y emancipación. ¿Cuáles son sus límites? ¿Cómo los negocia? ¿Por qué en ocasiones se construye en un objeto del deseo para el hombre o el lector blanco? Y sobre todo, ¿en qué manera todos estos resortes condicionan la caótica y dislocada temporalidad del texto, asediada por variados silencios? Manzano sabe que lo que se calla o insinúa es más excitante sexual y textualmente. Lo que se dice ya no lo es tanto.

Más allá de toda la morbosidad, la concupiscencia y el sadismo que el texto sugiere y denuncia sobre el cuerpo negro y esclavizado o lo que por pudor, negociación o estrategia narrativa el hablante del mismo calla. Nos describe otros modos de angustiosos, terribles de imaginar y concebir las utopías de nuestras identidades sexuales disidentes en sujetos doble o triplemente subalternos. Y que forman parte de esos capítulos que la historia oficial escrita por letrados blancos ha silenciado por oscura y bochornosa.

La utopía en Manzano, (y no hay mayor utopía para un esclavo que su libertad) se concibe como un espacio de negociación y feminización del cuerpo del esclavo. Pero, al mismo tiempo de subversión, deconstrucción y burla de esa misma hegemonía y temporalidad. Si leemos el relato de su historia de vida entre líneas encontraremos verdaderos pasajes que harían delicias en escritores como el Marqués de Sade o Bataille. Solo que no estamos ante una obra de ficción, sino ante un testimonio personal donde el negro esclavo es abusado sexualmente. Lo que para uno (el europeo) pudiera ser ficción o imaginación literaria para el otro (el negro esclavo) es ignominia y realidad.

Hablo de un texto producido en la primera mitad del siglo XIX, un testimonio que como sabemos le dio la vuelta al mundo. Son sucesos ocurridos en este lado del continente mucho antes de que lo queer/cuir se inventara y que las teorías surgidas y enunciadas desde contextos metropolitanos nos hicieran “el favor” de tomarnos en cuenta. Y es que el tempo de las emociones, los deseos y la corporalidad en este lado del océano siempre ha sido otro.

Así que ya basta de poses, irresponsabilidades y frivolidades teóricas. Y agarremos de una vez y por todas al toro por los cuernos. Volvamos la vista atrás, hurguemos en nuestra historia y sus silencios para saber con autenticidad quiénes som@s y dónde venimos. Y a partir de ahí imaginemos nuestras propias epistemologías.

 

Autor: afromodernidad

Intelectual afrocubano, activista contra la homofobia y la discriminación racial. En el 2007 obtuvo el premio Casa de las Américas en ensayo artístico literario por su libro Los juegos de la Escritura o la (re) escritura de la Historia. Ha publicado otros libros como: El gran mundo (cuentos), Virgilio Piñera. Un hombre una Isla (Premio UNEAC de ensayo, 2000) La cuentística de El Puente o los silencios del canon narrativo cubano (Aduana Vieja, 2016) y Por una Cuba negra. Literatura, raza y modernidad en el XIX (Editorial Hypermedia, 2017).