El racismo antinegro en los estudios literarios cubanos. Por Alberto Abreu Arcia

El racismo antinegro en los estudios literarios cubanos.

Por Alberto Abreu Arcia

 

Los trabajos consagrados a examinar la producción de los escritores negro/as siguen constituyendo un intrigante vacío en los estudios literarios cubanos realizados dentro de la Isla posterior a 1959.

Los escasos intentos acometidos en este sentido pueden contarse con los dedos de una sola mano: Bembé para cimarrones de Ana Cairo; el ensayo de Roberto Zurbano: “Raza, Literatura y Nación: El triángulo invisible del siglo XX cubano”; el número de la Gaceta de Cuba dedicado a Ediciones El Puente (no.4, julio-agosto del 2005), los ensayos de Alberto Abreu: “El teatro bufo, la nación y los imaginarios de la cultura popular” incluidos en la compilación de Bufo y nación: interpelaciones desde el presente realizada por Inés María Martiatu y su Por una Cuba Negra. Literatura, raza y modernidad en el XIX  este último libro, sintomáticamente, publicado fuera de la Isla por  Hypermedia Ediciones.

Un caso excepcional lo constituye la labor de la fallecida investigadora y narradora Inés María Martiatu en su abordaje de lo que llamó El Teatro Ritual Caribeño y sus innumerables estudios sobre los dramaturgos afrocubanos contemporáneos. Su libro Escritos de una negra cubana cimarrona en Cuba donde se entrecruzan raza, género y literatura con provocadores acercamientos a la obra de un grupo de autoras negras y mulatas significativas dentro del campo literario cubano tanto colonial como postrevolucionario; todavía aguarda por su publicación.

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Inés María Martiatu, Georgina Herra y Maryse Conde.

Los ensayos y libros que acabo de mencionar desde un aliento reivindicativo parecen compartir la misma intención: cartografiar la obra de los autores afrocubanos. En el caso de Martiatu, Zurbano y Abreu sus textos se adentran por aquellos intersticios y tramas donde el abordaje de asuntos, temas y otros tópicos relacionados con identidad racial del sujeto literario y sus diferentes problemáticas devino (deviene) en un elemento de tensión con los paradigmas teóricos y estéticos legitimados por los estudios literarios y la academia de la Isla posterior a 1959, y en un pretexto para la exclusión de muchos de estos escritores afrocubanos de un proceso de canonización que, en nombre de una literatura revolucionaria, se volvió blanquista y racialmente excluyente.

No es menos cierto que el tratamiento de los tópicos relacionados con la identidad racial negra y el racismo fueron considerado una herejía no solo por el dogmatismo del discurso oficial que pretendía normar el deber ser del arte y la literatura revolucionaria, sino también por la historiografía y la crítica literaria con una marcada influencia de los paradigmas interpretativos del realismo socialista soviético. Los cuales, desde la segunda mitad de la década del sesenta, van ganando espacio dentro de la Isla.

Si el nuevo orden revolucionario, como por arte de magia, con su reciente llegada al poder había erradicado el problema de la discriminación racial y cancelado los debates políticos de un problema como este que amenaza con la unidad de la Revolución. Entonces, “lo negro” y sus problemáticas era un problema del pasado, de una sociedad dividida en clase. Totalmente incompatible con el paradigma de hombre nuevo que preconizaba el discurso oficial y con la imagen del nuevo sujeto revolucionario que a través de la literatura su pretendía construir.

De esta forma quedamos confinados al espacio del museo, el archivo, el folclor. A una noción de mestizaje donde los componentes de la cultura hegemónica blanca continuaron siendo los regentes. Mientras lo negro (su memoria e imaginarios) tanta apegado al cuerpo, la cultura popular y a la oralidad representaban superchería, la barbarie, lo primitivo incompatible con los principios de la filosofía marxista-leninista y con el nuevo proyecto de modernidad que traía la Revolución. Este es uno de los correlatos y tensiones que subyacente ocultos en torno a la polémica causada por el documental P.M.

Si las razones que impedían el acercamientos a muchísimos temas y asuntos ( la prostitución, la homosexualidad, las drogas, el exilio, la marginalidad, etc.) vedadas hasta la primera mitad de la década del ochenta (por dogmatismos ideológico, incomprensiones teóricas-críticas y una cerrada política cultural) comenzaron a ser superadas desde finales de ese mismo decenio y principios de los noventas gracias al contacto de los artistas, escritores, críticos e intelectuales cubano con los pensadores y teorías postestructuralitas y postmodernas (su fascinación por los bordes, lo marginal, la alteridad).

¿Por qué entonces ese silencio de los estudios y la teoría literaria cubana sobre la producción literaria de los escritores afrocubanos? El argumento al que recurren muchos intelectuales y académicos dentro de Cuba para explicar semejante carencia es que el reconocimiento y estudio de la obra de estos autores a partir de su cuerpo racialmente diferenciado sería una imitación de la academia norteamericana.

Conviene detenerse en esta afirmación porque la misma grafica esa falsa retórica, que por momentos quiere pasar un ejercicio de ingenio, a través de la cual se construye dentro del campo literario cubano la exclusión racial. Hablo de esas artimañas y veladuras discursivas racistas a la que históricamente han recurrido para invisibilizarnos. Y sobre ellas volveré a insistir más adelante porque configuran todo un campo discursivo que arranca desde los momentos fundacionales de la ciudad letrada cubana y no cesa de mutar y reconstextualizarse hasta nuestros días.

Coincidirán conmigo en que teóricamente dicha afirmación resulta tan pueril que apenas se sostiene y no hace otra cosa que poner de manifiesto la desinformación o desactualización de nuestros letrados. Por otra parte, no sé si el lector habrá notado el fuerte tufo a insidia que emana de este argumento. Con el que se pretende añadir más leña al fuego, al colocar la academia de Estados Unidos como un referente imitado por intelectuales afrocubanos. Y en un campo intelectual tan politizado como el cubano sabemos de sobra lo que esta afirmación y su mala fe implica.

Lo que dicho argumento ignora o pretende soslayar -de manera muy conveniente- es el panorama académico existente, en esta área de estudios, en países como Brasil, Colombia, Estados Unidos, Inglaterra, Francia; así como en el Caribe anglófono y francófono, y las contribuciones que los estudios sobre raza y la diáspora africana vienen haciendo desde finales del siglo pasado al estudio de las identidades, la subalternidad y la producción de un saber otro.

Ante esta situación no queda otra alternativa -de una vez y por todas- de terminar de atrapar al toro por los cuernos. No andar con tantas circunloquios, eufemismo ni ejercicios retóricos, sino decirlo en una sola frase: La academia cubana, fundamentalmente la vinculada a los estudios literarios, es una institución racista.

Veamos cómo operan en las narrativas de la historiografía literaria cubana postrevolucionaria estas estrategias que en el orden escritural o discursivo se instituyen como gestos de tachadura del escritor afrocubano/a y sus intentos por convertir en materia literaria sus preocupaciones e interrogantes sobre su identidad racial.

En Por una Cuba Negra. Literatura, Raza y Modernidad en el XIX[1], examino como estas prácticas -instauradas desde la fundación de la ciudad letrada cubana- forman parte de un mecanismo de blanquiamiento. Un engranaje disciplinario encaminado a normar la entrada del sujeto negro/a o mulato/a al campo letrado. Se trata de un proceso que se lleva a cabo en medio de múltiples tensiones raciales y escriturales y que continuamente busca poner en dudas la aptitud del sujeto negro y mulato para el orden simbólico y gramatológico. Ahí están los ejemplos de Plácido y Manzano.

Dicho engranaje colonialista, forma parte de una ingeniería social que se ha venido reproduciendo y recontextualizando hasta llegar a la actualidad gracias a la labor de un grupo de agentes dotados de poder simbólico dentro de ese campo letrado. No voy a detenerme en los juicios descalificadores sobre la poesía Plácido y Guillén vertidos por Cintio Vitier en un Lo cubano en la poesía un libro tenido durante mucho tiempo como canónico del deber ser de la cubanidad, ya que son de sobre conocidos. Tampoco la manera en que el cuerpo racializado de las escritoras negras y mulatas fue excluido de los estudios de género y feministas cubanos. Ni mucho menos en las razones que explican la leyenda negra que todavía gravita en varios circuitos oficiales sobre el grupo literario Ediciones El Puente, ni en los intentos de muchos académicos por descalificar el término afrocubano/a.

José Mario, Gerardo Fulleda, Ana Mría Simo y Ana Justina miembros del grupo literario Ediciones El Puente.

Prefiero apelar a nuevos ejemplos que rezumen las negociaciones y posturas de un hablante que se configura como sujeto de enunciación en un ámbito racista. Ambos textos tienen un denominador común: son libros escritos por académicos dentro de la Isla y acometidos, inicialmente, como tesis de doctorado. El primero de ellos está recogido en el  libro La novela de la Revolución Cubana de Rogelio Rodríguez Coronel. Dicho texto se propone historiar los procesos de nuestra novelística en el período que transcurre entre 1959 y 1979 y legitimar un corpus de obras paradigmáticas de ese canon novelístico de la Revolución Cubana. Observemos los argumentos que dicho académico emplea para excomulgar de dicho canon la novela de Manuel Granados Adire y el tiempo roto (Editorial Casa de las Américas, colección Premio, 1967) por el abordaje de la temática racial.

Pero la novela de Granados hubiera podido brindar con acierto, de manera directa, la problemática específica de un negro, discriminado desde el punto de vista racista y clasista, doblemente oprimido, si el escritor hubiera adoptado una perspectiva realista en el tratamiento temático y no hubiera estado imbuido de tendencias ideológica que sobrevaloran el papel de la raza […][2]

De ahí, exégesis tan aterradora como la siguiente donde que Rodríguez Coronel lamenta que el autor de Adire y el tiempo roto no presente un retrato de la Revolución Cubana “a través de los ojos de un oprimido; sino de un caso patológico[…]”[3] Aterradora por cuanto homologa el abordaje de la temática racial y sus conflictos dentro de la sociedad socialista con la perversidad, lo patológico, lo que no tiene lugar en un nuevo orden estético porque no es traducible , y mucho menos comprensible, en términos de lucha de clases y de las teorías marxistas al uso.

Las páginas de Plácido, el poeta conspirador[4] de Daisy Cué recogen la autora intenta explorar las diferentes interpretaciones que la historiografía cubana ha realizado sobre esta controversial figura. Sin embargo, a todo lo largo de su investigación se rehúye el análisis racial o se la desplaza a un segundo o tercer plano. Al tiempo que descalifica a quienes han acometido un acercamiento a la vida y obra de Plácido desde esta perspectiva. Así lo confirma este juicio descalificador que hace de la obra teatral homónima del dramaturgo Gerardo Fulleda: “[…] fracasa al tratar de vincular la inocencia del poeta con sus ideales patrióticos y presentar los diferentes momentos climáticos de su vida en forma de antinomia de carácter racial, sin más consecuencia que un cúmulo de humillaciones capaces de llenarle de amargura, pero no de provocar deformaciones en su carácter”.[5] Es decir, para Daisy Cué la mulatez de Plácido, en un período como la primera mitad del siglo XIX (plena sociedad colonial y uno de los momentos de mayor apogeo de la esclavitud cubana) no es un aspecto influyente en su formación como ser humano, poeta y patriota.

Estas maniobras racistas dentro de los ámbitos académico y literario cubano, no escapan a la suspicacia de un escritor como Antón Arrufat en sus palabras de presentación del libro de cuentos País de Coral de Manuel Granados. Como todos sabemos Arrufat es un profundamente conocedor de lo que históricamente ha significado la blanquitud para la ciudad letrada cubana. Particularmente para la defensa del rol ventrílocuo del letrado blanco, su poder de enunciar y para continuar ostentando su derecho de hablar en nombre del otro.

El escrito de Arrufat al que me refiero más que un texto excéntrico dentro de la crítica literaria postrevolucionaria  es un escupitajo, un eructo contra la mojigatería y el dogmatismo (racismo) del discurso crítico literario a la hora de hablar sobre un escritor/a negro que en sus textos literarios se reconoce como tal. “Sin embargo creo que es imposible, aproximarse a un escritor negro -conscientemente negro- sin tomar en cuenta este hecho, en apariencia trivial o pasajeros para algunos”.

Su lectura de País de Coral deviene en un escrito cargado de sarcasmos e ironías. Un juego de espejos y aporías donde el sujeto de la escritura habla desde su condición hegemónica de letrado blanco (juega exacerbar y deconstruir esta hegemonía) y desde allí enjuicia la obra de su colega y amigo negro. “No obstante la diferencia más esencial y evidente consiste en que él es negro y yo soy blanco. O para decirlo como en uno de sus cuentos de País de Coral, donde estas diferencias son temas y asunto, yo soy macri y él es niche”.

De esta forma Arrufat interpela los perfiles de una cubanidad que desde sus orígenes como nación fue imaginada desde el espacio de lo literario. Con sus íconos y preceptos en torno a lo límpido en contraste con lo sucio, lo negro. Referentes ideológicos que, desde una lógica higienista y su patriotería aristocratizante fueron secularizados por los relatos identificatorios del ser y el alma nacional.

Desde luego, que semejante problemática, sumado al temor a ser censurados, no publicados, no premiados, no legitimado por ese canon blanquista provocó que muchos escritores, poetas negros sobre todo emergentes a la escena literaria cubana en la segunda mitad de los ochentas, silenciaran o invisibilizaran su identidad racial.

Si bien, como ha sido reconocido, esta generación sacudió a la teoría, la literatura y el arte cubano tras varias décadas de somnolencia y dogmatismo. Planteó nuevos interrogantes y problemáticas en los planos de la teoría de la cultura, el deber ser del arte y la literatura, etc. En el caso de la producción literaria, si exceptuamos a la literatura de Teresa Cárdenas, escrita fundamentalmente para niños. El sujeto literario producido por los escritores negros y negras de esta generación se un héroe y un sujeto lírico que no tiene color de piel.

¿Qué razones, además de las apuntadas, pudieran explicar este hecho? Como el reguetonero Chocolate, cuando se describe: “Soy negro, soy feo, pero soy tu asesino…” A los escritores afrocubanos de esta y otras generaciones en su relación con la literatura les pasó lo mismo que a Chocolate. Se creyeron el cuento. Actuaron como sujetos subalternos que respondían a un diseño colonialista, en correspondencia con las prácticas y mecanismos de blanquiamiento históricamente instaurados dentro de la ciudad letrada cubana y que también emanaban de ese canon de literatura revolucionaria al cual querían entrar. Como analiza Fanon en Piel negra, máscara blanca: frente a la literatura llegamos a carecer de ontología. Y como la ontología deja de lado la existencia, “está claro que no nos permite comprender el ser del negro. Porque el negro ya no plantea el problema de ser negro, sino serlo para el blanco”.

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Frank Fanon

Por otro lado, no faltaban referentes dramáticos y al mismo tiempo insurgentes, liberadores de lo que podía costar rebelarse contra aquel engranaje. Allí estaban los ejemplos de Plácido en el siglo XIX, todavía incomprendido por la historia literaria contemporánea o lo ocurrido posteriormente, en los años sesenta y setenta, con el cine de Nicolás Guillen Landrian, Sara Gómez y El grupo literario Ediciones El Puente en torno a los cuales todavía se cierne un halo de silencio y una leyenda negra, acusados por la historiografía de los años setenta y ochenta del pasado siglo de querer fomentar un Black Power en Cuba. Todavía me pregunto: ¿De dónde salía esa afirmación? ¿Hacia qué lugar e interlocutores metonímicamente apuntaba? Sobre todo hoy cuando los estudios recientes sobre este grupo literario realizados fuera y dentro de Cuba han demostrado que el nacimiento de este movimiento en Estados Unidos es posterior al fenecimiento de El Puente. Aquí la huella errante de este rumor, desde su relaciones de credibilidad y performatividad con la producción del discurso historiográfico expone sus grietas racistas: su miedo al negro.

No olvidemos, que El Puente por primera vez en la historia literaria cubana acogió a un grupo escritores y escritoras negros. Donde los temas de la religiosidad afrocubana, la cultura popular y la identidad racial negra son predominantes: Rogelio Martínez Furé, Gerardo Fulleda, Manuel Granados, Nancy Morejón, Georgina Herrera, Eugenio Hernández, Pedro Pérez Sarduy. Ahora, que los enumero, no puedo dejar de pensar en  Ana Justina Cabrera cuya carrera literaria quedó trunca después que el peso del la censura, la intimidación y la violencia política cayó sobre ellos. Su silencio me recuerda al del poeta esclavo Juan Francisco Manzano tras la conspiración de La Escalera. Pero cuyos textos, sin dudas, habrá que rescatar cuando construyamos definitivamente la genealogía de la literatura afrocubana. Nuestra propia historia de la literatura escrita por negros y negras, mulatas y mulatos en Cuba. Con todos sus dolores, angustias y vicisitudes. Iluminando sus agujeros negro y los capítulos censurados por la historiografía oficial, deconstruyendo aquellos gestos de ninguneo, y otros eventos tergiversados o callados por los recintos aristocráticos de los estudios literarios oficiales. Una historia de la literatura afrocubana que opere como un contradiscurso o reescritura de todo lo sacralizado y proscrito por ese canon literario eurocentrista.

[1] Ver Alberto Abreu Arcia: Por una Cuba Negra. Literatura, Raza y Modernidad en el XIX, Hypermedia Ediciones, 2017.

[2] Rogelio Rodríguez Coronel: La novela de la Revolución Cubana (1959-1979). Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1986, p. 155.

 

[3] Ibíd.

[4] Daisy Cué Fernández: Plácido, el poeta conspirador. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2007.

[5] Daysi Cué Fernández: ed. cit., p. 51.

Autor: afromodernidad

Intelectual afrocubano, activista contra la homofobia y la discriminación racial. En el 2007 obtuvo el premio Casa de las Américas en ensayo artístico literario por su libro Los juegos de la Escritura o la (re) escritura de la Historia. Ha publicado otros libros como: El gran mundo (cuentos), Virgilio Piñera. Un hombre una Isla (Premio UNEAC de ensayo, 2000) La cuentística de El Puente o los silencios del canon narrativo cubano (Aduana Vieja, 2016) y Por una Cuba negra. Literatura, raza y modernidad en el XIX (Editorial Hypermedia, 2017).