¿Literatura Afrocubana? Por Alberto Abreu Arcia

¿Existe una literatura afrocubana? De existir, ¿qué rasgos gramatológicos (Derrida) o textuales podrían definirla? ¿Basta sólo el color de la piel o abordar temas relacionados con la problemática racial, la historia colectiva o personal de negros y negras, mulatos y mulatas para ser considerado un autor afrocubano/a?

Cualquiera de las respuestas que ensayemos a estas tres interrogantes nos remiten a la ausencia de un canon y un corpus de obras representativas de la literatura escrita por negros y negras, mulatos y mulatas en Cuba. Un canon con el cual dialogar, impugnar o deconstruir. Y lo que es aún más importante: la ausencia de una Historia de la Literatura Afrocubana que, en términos de proceso, describa sus momentos fundacionales, establezca periodizaciones, nos informe sobre sus regularidades y mutaciones, así como sus tensiones y negociaciones con el canon hegemónico.

Precisa recordar que a raíz del proceso de homogenización de la norma estética y la búsqueda de un canon de literatura revolucionaria que vivió el campo literario cubano desde la segunda mitad de la década del sesenta del pasado siglo. La teoría y crítica literaria cubana -influenciada por los paradigmas del realismo socialista- suprimió toda diferencia identitaria y privilegió el nacimiento de un nuevo sujeto literario (blanco, varón, marxista y heterosexual). Al tiempo que excomulgó de ese proceso de canonización y del corpus de obras emblemáticas del mismo a una muestra importante de la literatura producida por escritores negr@s y mulat@s que expresaban en sus textos un grupo de interrogantes y preocupaciones relativas a su identidad racial (el grupo literario El Puente y Adire y el tiempo roto de Manuel Granados, etc). Todavía más: las tildó de ideológicamente reaccionarias y no representativas de un país revolucionario que ya había “solucionado” la cuestión de la discriminación por el color de la piel.

Voy a detenerme en un ejemplo que nos informa cómo la historiografía hegemónica blanca y sus principales ideólogos han visto al literato negro y su voluntad de imaginar la nación cubana desde la literatura. Se trata de la antología Flor oculta de poesía cubana (Siglos XVIII y XIX) con prólogo, selección y presentación de Cintio Vitier y Fina García Marruz. La cual incluye textos de Antonio Medina Céspedes (La Habana, 1829),  Néstor Cepeda, Juan Antonio Frías (Puerto Príncipe, 1835), Mácsimo Hero de Neiba [Ambrosio Echemendía] (Trinidad, 1843), Manuel Roblejo, Narciso Blanco [José del Carmen Díaz] (Güines, 1835). Todos ellos aparecen como poetas menores (subalternos) dentro de ese canon blanquista legitimado por la historiografía literaria cubana.

Lo curioso es que si exceptuamos al primero de ellos (Medina) quien nació libre, el resto de estos autores eran esclavos. Todos, de una manera u otra, dan continuidad al complejo proceso iniciado por Plácido y Manzano en la primera mitad del siglo XIX de imaginar la nación cubana desde un cuerpo y un lugar de enunciación marginal y racialmente diferenciado. Sus textualidades ponen de manifiesto esa relación tensa que el sujeto esclavo y/o afrocubano sostiene con el poder y la palabra.

Si a estos datos sumamos otros, por demás imprescindibles, como la formación autodidacta de este grupo de poetas, sus cosmovisiones del mundo y sistemas comunicativos provenientes de la oralidad, el terror físico y psicológico que se deriva de su condición de esclavos, la carencia de un status legal, las restricciones sociales que le impiden acceder a la enseñanza, etc. entenderemos, por un lado, las limitaciones de los mismos para ser aceptados por el canon letrado blanco, y, por otro, los motivos que explican la escasa atención que los estudios literarios cubanos, en sus visitaciones a este período, le han prestado a estos textos y autores.

Doris Sommer en su libro Abrazos y rechazos. Cómo leer en clave menor, a propósito de Juan Francisco Manzano y su autobiografía aporta este dato revelador: “[…] gracias a Sonia Labrador Rodríguez  sabemos que antes de la abolición se publicaron otros  [relatos de vida de esclavos] que hoy siguen ocultos, o han sido descartados, como si la tradición de una clase intelectual negra amenazara o avergonzara todavía la cultura nacional cubana”.

No hay que asombrarse entonces del escozor que todavía produce el término afrocubano en los medios oficiales y dentro de los circuitos legitimadores del arte y la literatura producidos en Cuba. Todavía, hoy, para negro/as hablar por y desde nuestro cuerpo racializado resulta un acto ontológicamente traumático e intelectualmente complejo dentro de los recintos aristocráticos de la ciudad letrada cubana. Mi libro de ensayo Por una Cuba negra. Literatura, Raza y Modernidad en el XIX tras angustiosos intentos finalmente tuve que publicarlo fuera de la Isla.

Voy a citar otro ejemplo de esas huellas de “corrección” y disciplinamiento de los escritores negro/as dentro de la ciudad letrada cubana y sus códigos blanquistas. Hace  apenas dos años leí una reseña de una escritora negra sobre un libro de poemas de Georgina Herrera. Me llamó la atención que el texto crítico no hiciera referencia al tópico de la identidad racial eje sobre el que se articula el discurso y la poética de Herrera. Desde luego que el silencio deliberado también se lee. En este caso el mutismo, las tensiones textuales entre lo dicho y lo desplazado ponía en evidencia un origen racial y una espiritualidad que el hablante (la reseñista) continuamente obliteraba y reprimía.

Si bien es innegable que la crítica y la historiografía literaria cubana desde finales del siglo pasado se ha ensanchado a nuevas áreas o campos de estudios los cuales eran territorios inéditos o vedados para ella como la obra producida por los escritores cubanos del exilio, por la de las mujeres, por la obra de autores gay y lesbiana. Sin embargo, el estudio de la literatura producida por autores afrocubanos no ha pasado de dos o tres ensayos que se mueven fundamentalmente en el campo de la cartografía o el mapeo de esta producción. En la mayoría de los casos tales análisis, en términos de historicidad,  leen este proceso como una derivación o un fenómeno que intenta insertarse en ese canon blanquista y intenta dialogar con él desde la exclusión. No como una historia otra o como contradiscurso del mismo. Como el relato de todo aquello que fue suprimido o blanqueado por ese canon blanquista y sus preceptos higienistas. Justo lo que nunca le perdonaron a Plácido ni a Manzano. Hablo de la oralidad, del  cuerpo negro como lienzo de nuestras representaciones.

Esta indiferencia o silencio que exhiben nuestros estudios literarios ante tales problemáticas solo logra poner en evidencia el desconcierto de los mismos ante la manera en que estas textualidades interpelan, lo descolocan y cuestionan los principios teóricos a partir de los cuales se ha venido organizando y delimitando el campo literario cubano. Dichos principios postulan una unidad que obliga a estudiar objetos y sistemas unitarios y homogéneos. Mientras tildan de desecho o subproducto a todas aquellas producciones literarias que no se avengan a estas normativas.

 

Autor: afromodernidad

Intelectual afrocubano, activista contra la homofobia y la discriminación racial. En el 2007 obtuvo el premio Casa de las Américas en ensayo artístico literario por su libro Los juegos de la Escritura o la (re) escritura de la Historia. Ha publicado otros libros como: El gran mundo (cuentos), Virgilio Piñera. Un hombre una Isla (Premio UNEAC de ensayo, 2000) La cuentística de El Puente o los silencios del canon narrativo cubano (Aduana Vieja, 2016) y Por una Cuba negra. Literatura, raza y modernidad en el XIX (Editorial Hypermedia, 2017).